Aquí se me cayó el carnet

22 de julio 2013
por Ignacio Franzani.
2.227veces visto

“Vive rápido, muere joven y deja un bello cadaver” decía James Dean. ´Espero morir antes de hacerme viejo’ escribió Pete Townshend de The Who en la incombustible ‘My Generation’. El cine y el rock están llenos de clichés que nos encantan, pero lejos de los slogans de rebeldía adolescente yo prefiero morir viejo y ojalá muy viejo.

El otro día me vi en la obligación de renovar mi licencia de conducir, que con este sistemita de caducidad el día de tu cumpleaños no hay excusa creíble frente a un control policial. Justo cuando estaba esperando el examen oftalmológico de reconocer letras y círculos de colores, hice los cálculos y la próxima vez que vea mi carnet vencer, estaré cumpliendo exactos cuarenta años. Brutal.

Para muchos un dato irrelevante, para mí es de alto impacto. Sucede que provengo de una familia de muchos primos por el lado materno y pocos por el paterno, pero en lo que se asemejan es que siempre fui el más chico de todos. El pendex.

Hoy el panorama ha cambiado. La ola de sobrinos adolescentes genera que uno empiece a ser tratado de tío, de usted y esto me sigue pareciendo insólito. El caso es que la vida corre rápido y como lo sentenció mi viejo mirando el mar en una postal padre e hijo: ´Desde que tenía tu edad hasta hoy que tengo setenta, esto se pasa volando, así que aprovéchalo”.

Ya que resta solo un carnet de manejar vencido para llegar a las cuatro décadas, es momento de analizar qué se supone estaré haciendo (o no) a esa edad. La mitad de la vida, donde distintos exámenes y otras preocupaciones parecen ser inevitables.

Si hay algo de que ocuparse a los cuarenta es de no verse diciendo ´esa canción me gusta, es de mi época’. Qué enfermedad contagiosa es esa de la-música-de-mi-época, como si oír o descubrir cosas que te vuelen la cabeza sea patrimonio de cierta edad o etapa, quedando prohibida para el resto de tu vida. Obligado entonces a conformarte con tu pequeña y nostálgica memoria emotiva.

A los cuarenta espero tener los mismos amigos que me han acompañado en las buenas y  en las malas. Esos que hay que cuidar, porque como dice el viejo adagio ´las pololas pasan, los amigos quedan´. Me gustaría no perder nunca la capacidad de asombro, seguir teniendo un ´teen spirit´ como decía Cobain, disfrutar de las cosas simples, ser papá y así empezar a preocuparme por cosas verdaderamente importantes.

Finalmente y creo que es un concepto muy arraigado en mi generación, me gustaría seguir haciendo lo que me gusta. Que mi trabajo siga siendo más parecido a un hobbie que a una profesión. Trabajar en lo que te gusta, me decía una amiga, es lo más cercano a ser feliz. Estoy de acuerdo.

Con poco más de treinta en el cuerpo lo que sí he comprobado es que esa promesa de jarana y desenfreno que nos mostraban las primeras teleseries nocturnas de treintones en llamas no era tan así, lo que es un poco frustrante.

En un país que rinde culto a la juventud y que esconde en casas de reposo a sus viejos, me parece que más que hablar de los cuarenta, es momento de hablar de los sesenta o setenta. Que la tercera edad sea tema.

Es insólito que mientras otros países tienen canales de TV dedicados al público senior, en Chile cualquier mujer que sobrepase la barrera de los 50 es extirpada de la pantalla por ser considerada un vejestorio. Ojo que este país envejece y cada vez las familias deciden tener menos hijos, por lo que el futuro es irremediablemente patrimonio de los tatas. ¿Habrá que idear un ‘Tatinal’ entonces? Justamente uno de los proyectos inconclusos de Mario Kreutzberger es echar a andar un canal dedicado a la tercera edad. Los abuelos se toman la pantalla. ¿Qué tal?

Pero fuera de broma, ¿Por qué en los bares no hay más viejos?, ¿por qué en las discoteques no hay abuelos? ¿por qué en las tocatas no hay ancianos? ¿Por qué el consumo, el entretenimiento y todo está diseñado para la juventud?

No es que mientras esperaba el examen psicotécnico para renovar el famoso carnet haya sido presa de un repentino viejazo, simplemente me puse a pensar que mientras la sociedad va proponiendo (o imponiendo) ciertos criterios según tu edad y responsabilidades, uno a estas alturas puede ir trazando su propio camino sin necesidad de ceñirse a ningún patrón o estándar. Qué bueno es dejar atrás los convencionalismos y buscar otras formas de envejecer. Tengas cuarenta, cincuenta, sesenta o lo que sea. Voy por eso.