Cómo fue ver a Chile Bicampeón de América

9 de julio 2016
por Pia Fouilloux.
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El domingo 26 de junio fue la segunda vez que veía jugar a La Roja fuera de Chile. La primera, fue contra Bolivia en Boston donde fue testigo de uno de los peores partidos de la selección en los últimos años. Para que les voy a mentir: salí enojada y sin entender muy bien qué había pasado con el Campeón de América. Luego vino el glorioso 7-0 contra México –llevo 4 años viviendo en Concacaf y no saben la alegría que me dio- y el 2-0 frente a una complicada Colombia.

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Analizar el partido no es lo mío, aunque soy muy futbolera pero ya todos hemos visto más de 20 veces los penales y no quiero entrar en esos detalles. Lo que sí les quiero contar es cómo fue estar en el estadio el día histórico en que nos convertimos en Bicampeones de América ¡en menos de 1 año!

Hasta el viernes antes de la final, no tenía entrada. Tipo 12 de la noche me confirman que me consiguieron una a muy bajo precio –la reventa estaban sobre los U$400- así que el dicho “más vale tener buenos amigos que plata” cobró todo sentido.

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Considerando que el partido era a las 8 y que Google Maps me mostraba que me demoraba una hora, el domingo decidí salir tipo 3 de mi casa en Brooklyn porque el metro es un asco el fin de semana. Dicho y hecho: me demoré casi 2.5 horas en llegar al estadio. Eso sí, no contaba con que iba a estar rodeada de argentinos desde Penn Station y que no nos iban a dejar de molestar. Fui sola –sí, soy súper futbolera- y en vez de ponerme a gritar, prefería mirarlos con cara de “tranquilos que quedan 90 minutos”. Pese a que tengo amigos argentinos y que en general me caen muy bien, se me había olvidado lo pesado que pueden llegar a ser cuando se trata de fútbol. Para que se hagan una idea, creo que había 1 chileno por cada 10 argentinos. Éramos minoría y era obvio: son 100 millones y nosotros, 17.

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Gritos iban y gritos venían en cada estación de metro, carro de tren y entrada al estadio. Ellos se escuchaban muchísimos más que nosotros que aunque no nos conocíamos, nos uníamos para vernos que éramos por lo menos, un grupo de 5 chilenos que pese a todo pronóstico –e historia futbolística- íbamos a dar la pelea. En la galería, íbamos perdiendo por boleta.

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Cuando llegué al estadio, lo primero que escucho fue “La Mano de Dios” de Rodrigo. Ni les explico en lo que se convirtió el Metlife Stadium. Me quedé en la sombra antes de ir a mi asiento y era impresionante cómo los argentinos llegaron como campeones. Hinchas vestidos de Maradona, Evita y Papa Pancho se paseaban mirando a cada chileno que se topaban con cara de “Ja! Acá está papá”.

Tuve la suerte de quedar en la Marea Roja –la verdad es que me cambié porque mi asiento estaba rodeada de puros argentinos-. Sabíamos que iba a ser difícil escucharnos alentar y por lo mismo, no nos callamos nunca. Me comentaron que en las transmisiones se escuchaba fuerte el vamos chilenos y puta que gritamos con el alma.

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A medida que pasaba el tiempo y el marcador seguía 0-0, los argentinos empezaron a preocuparse. Y a enojarse. Me llegó una cerveza en la espalda luego de una jugada que no terminó en gol. Me trataron de prostituta, se acordaron de mi madre y hermana, me amenazaron con que “ya había pasado 7 años en la cárcel y no tenía problemas de irse otros 7”, entre otras cosas. Los hinchas estaban nerviosos mientras que los chilenos veíamos más cerca el triunfo.

Para ser honesta, no me acuerdo mucho de los 30 minutos de alargue. Sólo el tapadón de Bravo que me hizo gritar “ese es un capitán con huevos” y sentir las miradas de odio de los argentinos. De verdad que esperaba la segunda cerveza en la espalda. Y vinieron los penales. Todos los chilenos que estaban repartidos por el estadio empezaron a unirse a la Marea Roja mientras los de seguridad les prohibían quedarse en las escaleras. Pero como buenos chilenos, éramos 3 por cada asiento. Todo daba lo mismo. ¡Estábamos a un paso de salir campeones!

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Con el penal de Vidal todos nos miramos con cara de “cagamos”. Nadie dijo nada. El penal que se le fue a Messi, fue por lejos, el que más grité y con el que pensé “ganamos”. Y así lo sentimos todos. Sabíamos que Bravo es uno de los mejores arqueros del momento y que Argentina tenía mucho más que perder que nosotros. Cuando el Capitán le atajó el penal a Biglia, ya nos sentíamos campeones

Lo que vino después es indescriptible: argentinos llorando, niños destrozados y mucha mucha rabia, no contra nosotros, sino contra su equipo. Mientras, los pocos chilenos no parábamos de celebrar. Cantamos el himno, los jugadores fueron a gritar con nosotros y posaron con la hinchada. Todos los desconocidos que nos hicimos amigos ese día, no podíamos creerlo ¡le ganamos a la Argentina de Messi dos veces en menos de 1 año y somos Bicampeones!

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