El día después de The Cure

16 de abril 2013
por Manuel Maira.
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Las reseñas dirán que The Cure en Chile tocó tres horas y 20 minutos. Que fueron 42 canciones, más que en todas las  fechas de su esperada gira sudamericana. Que sonaba impecable y que tocaron prácticamente todos los hits. Que había un estadio lleno y que Robert Smith sigue cantando a gran nivel.

Más allá de los datos formales de un show extraordinario, el haber tenido al frente a Robert Smith y su banda marca un punto de quiebre en nuestra historia de conciertos. Vi a varios llorando. Otros bailando y la gran mayoría en una especie de shock, como hechizados escuchando inmóviles las canciones de rock, nostalgia y emoción que tiñen todo el catálogo de The Cure.

Natalia Espina

No podía ser de otra forma. Porque The Cure es la piedra angular de eso que después llamamos emo y nunca vi a un emo eufórico. Era la reacción de estar viviendo una escena que de tanto imaginar parecía mentira. Ahí estaba tocando el grupo que por razones que a estas alturas dan lo mismo, nunca había venido. Eran 60 mil personas mirando de frente a Robert Smith con el mismo maquillaje de siempre, cantando las canciones de siempre, con las visuales de siempre. Con la misma voz y actitud ambigua de siempre. Un viaje a los buenos 80 pero en el 2013, con miles de celulares capturado el mejor ángulo del show. Un fuerte contraste con el panorama de los tiempos en que The Cure alcanzaba sus días de gloria en la era pre internet, donde no era fácil conseguir música ni información de artistas. Entonces los datos llegaban tarde y muchas veces distorsionados.

Por eso era extraño volver, desde la ultra conectividad actual, a esos días en que los mega conciertos nos sorprendían solo porque eran mega conciertos. The Cure cierra un círculo al humanizar el mito del artista inalcanzable. Por eso cuando apareció la banda en el escenario para partir con un show memorable que no necesitó parafernalia escénica, cayó el ruido irreproducible de una ovación contenida como solo The Cure podía generar. Era una alegría rara. Lo mismo pasó cuando arrancó “In between days” y sentimos que el sonriente Robert Smith era un poco más humano y menos personaje de Tim Burton. Sentimos que su banda como tantas otras puede venir y pasarlo bien tocando en el fin del mundo. Por eso que cuando se despidió con “Killing an arab” y dijo que volvería, lo vimos más cerca. Mucho más cerca.

Natalia Espina