Mi primera vez

15 de abril 2013
por Ignacio Franzani.
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Llegaron 70 mil personas ese día, todo un record para la salud del evento pero una pesadilla para quienes pretendíamos movernos de un escenario a otro. Sin duda un sábado heroico para nuestra breve data de festivales musicales.

El sol pegaba duro y la visión se perdía en un mar de cabezas apretujadas. A pesar de los estímulos, cinco escenarios, sudor, treinta bandas, pies adoloridos y gringos disfrazados me detuve en esa joven pareja y su hijo pre-adolescente. El tipo, con poco más de cuarenta años, se notaba que lo estaba disfrutando. Probablemente su primer concierto había sido Rod Stewart o Cyndi Lauper en 1989, a los que de seguro no había asistido por fan, sino por simple curiosidad después de casi veinte años de ver artistas sólo por televisión. Cómo perdérselo, cómo quedar fuera, cómo no ser parte de algo que parecía histórico.

Lollapalooza

Mientras fantaseaba con esa idea, mi poca discreción me delató y justo cuando la mamá aplicaba una nueva capa de factor 50 al niño enfundado en una polera de Ramones, el padre orgulloso señala a su hijo y me dice: “es su primer concierto…su primera vez”. Le devolví una sonrisa y seguí mi camino. Eran casi las seis de la tarde y el show de Passion Pit estaba a punto de comenzar. Ya habían pasado por Lollapalooza 2013  Alabama Shakes, Hot Chip, Two Door Cinema Club y otras veinte bandas. Cuando logré dar con un rincón, me eche en el pasto y comencé a recordar. ¿Qué quedaba de esa primera vez en mi memoria?

Lollapalooza

Ya había vuelto de clases cuando la ventana, que daba hacia la calle, comenzó a recibir el impacto de piedras que mis amigos usaban como timbre alternativo para evitar el trámite de conversar con mi madre o la Elena, nuestra nana. Ahí estaban con sus mejores pintas “extraprogramáticas” el Guatón Fernández y Cabezón Marín, quien se había conseguido con su viejo tres tickets para el debut en Chile de los Beastie Boys.

Beastie Boys

No recuerdo otro momento de mayor emoción en toda mi instrucción escolar. Ni cuando me libré de repetir por culpa del manco profesor de matemáticas. Sólo bastó que el Cabezón me gritara: “¡cámbiate rápido o no nos vamos!” para que ese ordinario día de abril de 1995 se convirtiera en una pequeña leyenda personal.

Teatro Caupolicán lleno (en ese entonces llamado Monumental) no cabía una mosca. Cientos de raperos a los que no era recomendable mirar a la cara y punks con enormes mohicanos. Ahí estábamos, sin permiso de los papás en nuestro primer concierto de verdad.

El Cabezón llevaba la delantera  pues contaba la hazaña de haber visto a Metallica con los pies en el barro justo después de un gigantesco aluvión un par de años antes. Era el líder de la operación. De pronto aparecían mujeres que se dejaban caer varios metros desde la galería a la cancha, los guardias las interceptaban, las manoseaban y las sacaban de un golpe del lugar. Había olor a humo, pantalones de tiro largo, viejos tatuados, looks extravagantes, cadenas, tablas de skate. Todo, absolutamente todo era alucinante.

De repente se apagan las luces e irrumpe Jimmy Fernández con La Pozze Latina que por aquellos días rompían las radios con su hit ‘Sex Maniac’. Un buen arranque para lo que vendría después.

Sólo conocíamos a Adam Yauch, Mike D y Adam Horovitz por las fotos de los diarios y los clips que alguien había pirateado en VHS de MTV. La revista Rock & Pop los acababa de poner en su portada y nosotros imitábamos su forma de vestir. Tenían el mejor estilo. De pronto casi diez músicos entraban a escena y brincaban de un lado a otro. Era una gran banda de esqueleto orgánico donde los tres MCs rapeaban y ejecutaban los instrumentos. Eran años de gloria para los neoyorkinos en plena explosión de su álbum Ill Communication.

Beastie Boys

Estuve a punto de morir aplastado varias veces pero valió la pena cada canción. Caminar infinitas cuadras, la reprimenda al regresar a casa, el zumbido en los oídos al intentar dormir, todo fue parte de la aventura. Un rito de iniciación. Mi primer concierto.

Sonaba la última canción de The Hives cuando distingo a lo lejos al casi adolescente de la polera de los Ramones. Embetunado en factor solar saltaba y repetía los últimos acordes de los suecos que nuevamente visitaban Chile. Hice un cálculo y me inquietó descubrir que ese niño a la edad de mi primera vez habrá visto lo que yo nunca imaginé.

Es imposible descifrar en que se van a convertir ni de que les servirá tal nivel de consumo musical a todos los niños y adolescentes que visitaron el Parque O´higgins ese fin de semana frente a sesenta bandas.  Con Internet, cable, teléfonos inteligentes, redes sociales, aldea global y la cartelera cultural más estimulante que se haya visto en Chile jamás, lo que sí tengo claro es que serán tipos muy distintos a mí, alguien que hace dieciocho años vio una banda por primera vez en una ciudad donde poco y nada pasaba.

Passion Pit

The Hives

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