NUNCA FUI DEPORTISTA

19 de marzo 2013
por Ignacio Franzani.
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Nunca fui bueno para la pelota. De hecho, cuando estaba en el colegio en vez de sudar y golpear compañeros para intentar meter goles en el recreo, me quedaba escuchando CDs en mi Discman o programando canciones en la radio que musicalizaba el patio central. Apenas descubrí que no era capaz de llegar al arco contrario sin que me quitaran el balón a los pocos segundos, decidí que era mejor invertir ese tiempo en regalarle compilados en cassettes a las niñas que me gustaban.

Había que intentarlo. No era alto, taquillero, enigmático, ni menos deportista. La música era la salvación.

En la universidad encontré un espacio. Me hice amigo de los carreteros, los intento de músicos, los cinéfilos, los productores de cuanto evento extra programático se podía organizar en la calle República,  los que sabían los datos de las tocatas más subterráneas y malolientes de Santiago. Acá ser deportista era una excentricidad, sinónimo de ñoño, de pérdida de tiempo.

Gentileza I.Franzani

Desde niño vi a mi viejo trotar y siempre me pareció un panorama muy aburrido. Lo recuerdo en el norte con sus short a lo Caszely  alejándose por la línea del tren. Era una época donde el concepto ‘running’ era inexistente. De hecho, varias veces llegó contando que la gente pensaba que era un lanza, un delincuente o simplemente un tipo que arrancaba de algo o de alguien. En esas ciudades en medio del desierto de Atacama y plena década de los 80’s, parecía insólito ver a un tipo correr por deporte.

Superada la rebeldía adolescente de “odia a tus padres por sobre todas las cosas” y ya viviendo solo, descubrí que la mejor manera de dialogar y conocer a mi viejo era acompañarlo a correr. De modo improvisado fuimos estableciendo una rutina de entrenamiento, largas conversaciones y grandes consejos para la vida todos los fines de semana. Rápidamente empecé a sentirme más activo, energizado y aprendí lo que eran las endorfinas. Ese placer y bienestar que se produce con el chocolate, el enamoramiento, y claro está, durante el ejercicio.

 

Gentileza I.Franzani

Seguí corriendo solo gracias a la revolución del MP3 y la posibilidad de entrenar escuchando buenas canciones a todo volumen. De pronto, cada día en que salíamos con mi viejo más gente se sumaba a correr por las calles. Empezaron las maratones, las marcas auspiciaban corridas masivas y la austera práctica de correr se ponía de moda en Chile.

Sigo siendo pésimo para la pelota y no soy hincha de ningún equipo por lo mismo, como una burda declaración de principios. Intenté jugar basketball y sacar trucos en skate, tampoco hubo resultados alentadores. Pero hace ya varios años descubrí que puedo correr y es como una droga, produce adicción. Cada vez que me pongo las zapatillas y enchufo mis audífonos salgo con diez problemas y regreso con tres. Trotar, como cualquier deporte, limpia tu cabeza, te resetea, te permite partir de nuevo y sobrellevar con más ánimo el día a día.

En un país con preocupantes tasas de sedentarismo y obesidad infantil como el nuestro, ver el espectáculo en que se ha convertido cada primer fin de semana de abril con la Maratón de Santiago da algo de esperanza. Más de 25 mil personas madrugando un domingo con el simple afán de correr.

El deporte para los que nunca fueron buenos para ningún deporte, así deberíamos llamarlo. El entrenamiento más democrático. Chicos, altos, atléticos, gordos, esmirriados, mujeres, niños y ancianos. Acá caben todos, sólo necesitas un par de zapatillas. La calle es gratis.